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viernes, 2 de agosto de 2013

El barro bekele

Me llamo Chungo Safsaf y soy recolector de bekele. Por el día, busco los altos conos de tierra de la hormiga kele, y recojo tierra de la boca de los conos. Necesito unos diez o doce de estos para obtener el material suficiente para un viaje. Por la noche, todas las noches, me unto barro bekele por todo el cuerpo como me enseñó mi abuelo hace ya mucho tiempo.

Las hormigas kele son grandes como mi dedo pulgar, pero no son peligrosas si conoces el saludo del recolector, que no mencionaré aquí, pues no quiero que caiga en las manos equivocadas y además no está en un lenguaje que pueda ser escrito.

Yo vivo en una furgoneta Toyota, que trajeron desde Japón. La furgo no tiene ruedas, ni ventanas. En lugar de ruedas hay cuatro leopardos, a los que he llamado Mateo, Juan, Lucas y Judas. Tampoco tiene ya motor, mi furgoneta Toyota, sino un gran bidón de gasolina que corté por la mitad y que he llenado de tierra fértil, donde cultivo girasoles que asoman por el lugar donde debería estar el capó y que proveen de energía ventólica a mi casa. También me dan semillas entretenidas, que me ayudan cada día a pasar el tramo que va desde la tarde hasta la caída del sol.

Cuando el sol se oculta tras las montañas, lleno un cubo con tierra kele y orino en ella. Bebo mucho té verde con ajenjo, para orinar lo suficiente y luego remuevo la masa con una cuchara de madera que siempre llevo colgada al cuello. Entonces me pongo mi máscara de pequeño rinoceronte (un cráneo trabajado, que me sirve para evitar que el bekele entre en contacto con la piel de mi cara y me protege de genios maléficos, además de darme un aspecto bastante guapo).

Una vez hecha la mezcla de orina y kele, sintonizo la radio de las Mil Colinas, y me unto bien el cuerpo con el barro. Comienzo por la planta de los pies, y entre los dedos, y luego las piernas, el culo, la panza, el pecho, la espalda, los brazos y por fin el cuello con mucho cuidado, bajo el hueso de rinoceronte. Mi abuelo dijo que si el bekele entra en contacto con mi cara, podría perder la razón. Cuando me he embadurnado por completo, subo al techo de la furgoneta y me tumbo en la estera de hoja de palmera. Si hay luna llena, abro la sombrilla de Cocacola; si la luna es débil, simplemente cierro los ojos.

El bekele empieza a filtrarse por los poros de mi piel y los leopardos de las ruedas se desperezan y ronronean, abren las fauces y se atusan los bigotes. Los girasoles se yerguen, enhiestos hacia el cielo estrellado y escupen alguna que otra semilla, pop, pop, porropop, pop. Los tambores de la cena suenan débiles, procuro tener la radio bien fuerte. Las Mil Colinas emite metal, Motorhead, Black Sabbath, Megadeth, Iron Maiden, algo de jazz quizá, si está King Bonga a los controles, Miles Davis, Coltrane; Jack Teagarden es mi favorito.

Antes o después, la intensidad de los tambores de la cena aumenta hasta sobrepasar el volumen de los altavoces de la furgo, y el ritmo tamborilero me inunda. Esta noche hay misionero en el caldero, carne vieja, que no me gusta mucho. Lo mejor es cuando toca alguna rubia cooperante, de carne tierna que no necesita hervir y a las que tradicionalmente espetamos para servir a la brasa.

No se puede comer durante el viaje bekele, así que utilizo las técnicas de respiración Camisa de Hierro y continúo el filtrado, mi corazón late tan despacio ahora, pom, mi respiración es tan lanta ahora, fiiiuu, exhalo, pomm, lato, snifff, inhalo, pomm, diástole, ya he aprendido a no asustarme, el siguiente movimiento de sístole, ya llegará, no exhalo, el ritmo frenético de los tambores se apaga, el bombo de la batería sonó hace mucho tiempo en este cuatro por cuatro, veo la jungla por el rabillo del ojo, un gorila se golpea el pecho, un pájaro se sostiene en el aire, pienso en las tetas negras de Zaza, le hago el amor a Zaza, en mi cabeza, y aún no llega el siguiente latido, y aún no siento la necesidad de exhalar el aire de mis pulmones, me da mucha risa este momento, una anticipación cosquilleante, mi mente se posa en cualquier parte, recuerdo las clases de inteligencia artificial en California, recuerdo alguna posición de alguna partida de ajedrez contra el cubano del motocarro Isuzu, veo con todo detalle la madera gastada y grasienta de mi caballo y todos los saltos que puede hacer, veo mi bolsa de tabaco Aldea, recuerdo el cetro de calaveras de mi abuelo, recuerdo al Chunguiperro que me regaló, y creo que puedo observar como me crece el pelo de la barba, a esto lo llamo viajar a la velocidad a la que crecen las uñas y entonces sucede: no hay tiempo. No hay espacio tampoco, claro. Está el bloque congelado, veo las cuerdas de los científicos iluminados, veo con mi bocota abierta en una carcajada las bolitas que buscan los tecnos del acelerador de protones, y me parecen mocos modelados, no miro mucho, hay que poner los ojos así, a la manera miope, si no eres miope, no podrás soportar el bekele, veo todas las posiciones posibles, pero no me fijo mucho porque me da miedito. Ya no hay música posible, estamos en la división de una semicorchea, que hubiera sido dividida a su vez en tantas semicorcheas como números hay en el conjunto de los números naturales. Y yo agarro la llave de la Toyota y hago girar el contacto, más como un chiste que por otra cosa. Judas ruge, Mateo ruge, Lucas ruge, Juan ruge, yo me desperezo y aprieto el acelerador.

De un salto estamos en París. En el 4º arrondisement, Rue des Francburgoises. Dejo a Idriss sobre el cartel de la tienda de falafel. Cada vez queda menos sitio libre en el bloque. Menos posiciones sin ocupar. A Hamada tengo que dejarlo colgado de una farola, un poco más lejos, a Tokumbo en un túnel inexplorado de las catacumbas parisinas.

Trato de poner una canción. Sé lo que pasa, pero no me importa, aquí viene Simphony of Destruction de los Megadeth, todo un clásico. En el preciso momento en que pulso play, toda la canción ha sonado, pero me queda el efecto. Salto a Tilburg, en Holanda, y dejo a Houda y a la sherifa Fatuma, vieja gorda gruñona, la coloco justo encima del público de un concierto de rap, parecerá que se ha tirado del escenario. Ya me quedan solo los que han pagado poco, poco. Se quedarán en algún punto del hielo de Finlandia. Dentro de poco, voy a tener que pasar a la gente por Siberia.

Ojo, que empiezo a sudar. Mira que yo soy bueno y nunca he dejado a nadie en fusíón. Imagínate, aparecer justo donde ya hay materia, una simple mosca te puede joder, un gorrión, una araña (pero no su tela, siempre que esté limpia) La contaminación de las ciudades también está dando problemas, pero yo soy bueno, yo veo los sitios, aún hay sitio, aún se expande el bloque espacio-tiempo más rápido de lo que yo ocupo nuevas posiciones, pero no sé si mi nieto podrá seguir en el bekele.

La migra me huele, los chunguiperros de la policía migratoria son cada vez más impertinentes, incluso he visto gatos parpadeantes, que confunden a mis cuatro leopardos evangelistas. A veces, cronomagos, adolescentes hasta las cejas de jarabe para la tos, o de salvia, o con simple marihuana, pero sin capacidad de ubicación, meras figuras fantasmagóricas con los ojos como platos. A veces, por gastar una broma, hablo con ellos, les cuento cualquier historia que se me venga a la cabeza, suelen buscar el santo grial, qué se yo, alguna verdad absoluta, quieren saber, saberlo todo. Quieren el mapa del bloque, pero el bloque no tiene mapa. Con mi cráneo de rinoceronte y mi picha al aire, debo parecerles algún diosecillo, obsesionados con dios, con la creación, con el fin, con el propósito de sus vidas. Yo no hago preguntas, yo me gano la vida. Mis precios son justos, no quiero ser rico, me gustaría comer siempre muslo de cooperante europea, pero no hago ascos a los misioneros, ni a viejos matrimonios de compradores de niños, ni a aventureros que quieren echarse una foto con unos cuantos negros caníbales.

Atención, ahora si que sudo, realmente se ha filtrado casi todo el bekele. Pongo otra canción para probar el tiempo, Stuck in the middle with you, de Steeler Wheels, chan chan, no ha sido instantáneo. Ahora vienen las turbulencias.

Gente soñando, gente meditando, los inútiles de los monjes asiáticos, que han puesto técnicas secretas a la venta, el zazen de los cojones, la gente de los estudios de yoga, los niños que se abstraen delante de un plato de lentejas, karatekas haciendo katas de cuarto dan, el bloque se convierte en flan, los de los servicios secretos, probando nuevas drogas psicotrópicas, los corredores de larga distancia, algún alumno de matemáticas en medio de una clase soporífera, el tío ese que come pipas de girasol tostadas y saladas y se queda en las nubes, con ese tengo que tener mucho cuidado, me mueve la zona de anclaje con verdadera facilidad, un día tengo que probar a dar el salto con mis propias pipas.


Y aquí estamos de nuevo, amanece que no es poco. Mis leopardos rueda bostezan, se enroscan como mininos. Quito las llaves de la furgoneta, me quedo al volante, pensando. El próximo salto lo daré con mis machetes al cinto. Abro la puerta, y piso el suelo de mi tierra, en mitad de África. Me echo unos cubos de agua por encima, me pongo desodorante Ubik. Enciendo el móvil y veo un vídeo de lucha-loca. Me llegan algunos wasaps, los clientes de esta noche. Me pongo las chanclas y me voy a ver al profesor Ubuntu, a que me dé aunque sea un filete de pechuga de misionero. Aún tengo que recoger mucha tierra de los conos. Soy Chungo Safsaf, recolector de bekele.